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El Magnesio como elemento de cura en el cuerpo humano

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  • El Magnesio como elemento de cura en el cuerpo humano

    ¿POSEE EL MAGNESIO VIRTUDES CURATIVAS?

    Entendemos que, en todo libro, revista y, en ge*neral, en cualquier escrito, lo primero que debería hacerse —y no siempre se hace— es justificar el título que se le ha puesto, a no ser que él mismo se caiga por su peso o que, en el decurso de la expo*sición, aparezca claramente justificado. Al encabezar esta compilación de escritos sobre el magnesio le hemos puesto por título «Virtudes Curativas del Magnesio», con lo cual parece queremos dar a en*tender que el magnesio posee virtudes curativas, como así es en efecto.

    A) MARAVILLOSOS EFECTOS DEL MAGNESIO

    A no pocas personas que tan sólo habrán oído hablar del magnesio al designar los polvos de que se sirven los fotógrafos para producir chispazos de luz blanca deslumbradora, o al tratar del purgante denominado magnesia, les ha de parecer raro que se pueda escribir un libro que trate exclusivamente de las virtudes curativas del magnesio. Por esto hemos creído del caso comenzar esta compilación justi*ficando el título que le hemos puesto, a fin de que nadie nos pueda tildar de que no ponemos en prác*tica lo que creemos debe hacerse en todo libro y de que en él caemos en el mismo defecto que reprocha*mos en otros.
    Dice el refrán que la mejor manera de demostrar el movimiento es andando; pues esto es lo que ahora vamos a hacer en este capítulo introducción: des*cribiremos una serie de maravillosos efectos cura*tivos, obrados con el magnesio, no precisamente bajo la forma metálica, sino de sales, como el cloruro, sulfato o carbonato en lectores de esta obra, los cuales además de experimentar en sí sus saludables efectos, nos lo han escrito o comunicado de palabra. En la imposibilidad de aducirlos todos, nos limi*taremos a dar a conocer en este lugar algunos pocos.
    1. Cura la artrosis debida al ácido úrico. (De una carta fechada el 28 de octubre de 1956): Un amigo mío me recomendó el libro las «Virtudes Cu*rativas del Magnesio», el que, una vez leído, me de*cidió a poner en práctica el tratamiento a base de cloruro de magnesio.
    »Los resultados no han podido ser más sorpren*dentes ni más halagüeños, ya que, al poco más de un mes de tomarlo todas las mañanas en ayunas, me vi casi totalmente restablecido (hoy completa*mente) de las dolencias que me aquejaban. Me en*contraba excesivamente sobrecargado de ácido úri*co y, como consecuencia de ello, sufría una grave artrosis en ambos rodillas, particularmente en la iz*quierda, y estaba decidido a dejarme operar, sabien*do que me tenía que quedar la articulación rígida, o sea, cojo para toda la vida; pero es que hacía cerca de cinco meses que me tenía imposibilitado y con unos dolores terribles. Afortunadamente este peli*gro desapareció tomando el cloruro de magnesio y hoy me encuentro mucho mejor que diez años antes.
    »También sufría de dilatación de la aorta (tengo cincuenta y dos años) y hoy puedo decir que ya no me inspira ninguna preocupación; pues, en opinión del doctor que me ha mirado últimamente en la pan*talla, me encuentro perfectamente.
    «Aparte de lo que antecede, se siente uno a los pocos días de tomar el cloruro, con una gran ener*gía y vitalidad, que hace que hasta el carácter se transforme, ya que le proporciona una euforia y op*timismo sin igual.
    »Me complazco en proporcionarle los detalles de este mi caso, para que sirva de estímulo y de ejem*plo a aquellos que sufren, no solamente de las do*lencias reseñadas, sino de todas aquellas que son propias de las personas de edad.»
    2. Hace desaparecer el temblor senil. (De una carta fechada el 2 de marzo de 1956): «Desde que terminaron de publicarse los artículos del P. Fran*cisco Manzanal sobre «Virtudes Curativas del Mag*nesio», he sido un propagandista del cloruro de mag*nesio.
    »Yo lo tomo desde entonces y sus efectos han sido más y mejores de lo que yo esperaba. Empecé por tomarlo para aliviarme del temblor senil que me impedía escribir y hascta poner mi firma, si no era sujetándome la mano derecha con la izquierda, y me temblaba la mano al beber, y demás usos. A los cuatro días de tomar una dosis bastante floja, ya noté sus efectos, pero no quise dar crédito, hasta a los trece días en que, sin querer, di un grito de en*tusiasmo al ver la facilidad y constancia en poder manejar la pluma y demás enseres.
    «Padecía desde muchos años hemorroides cons*tantes y se me han curado totalmente, y esto que ya trataban de operarme. Ahora, a pesar de los tiem-tos reinantes, esto era en febrero de 1956, sin usar bufanda y saliendo de casa varias veces al día, no he cogido ningún resfriado. Otra ventaja he ob*servado en mi ya achacoso cuerpo; optimismo, ale*gría de vivir, agilidad de mis piernas y rodillas a mis 62 años.
    »Son muchas las personas que me agradecen les haya aconsejado el cloruro de magnesio. Es un laxante eficaz y el más económico.»
    3. Desvanece el agotamiento intelectual. (De una carta fechada el 17 de junio de 1957): «Me dirijo a usted para solicitarle el libro «Virtudes Curativas del Magnesio». Tengo interés en tenerlo; pues co*nozco el resultado satisfactorio que ha obtenido con el tratamiento del magnesio un señor que sufría des*gaste y agotamiento intelectual y ahora sigue traba*jando incansable. Como soy enfermera y también otros me han hablado de los efectos del magnesio, es por eso que deseo tener este libro.»
    4. Otros notables efectos beneficiosos del mag*nesio. A. Un hombre de carrera, de unos 60 años de edad, padecía de cierta infección intestinal cró*nica. Un amigo le proporcionó «Virtudes curativas del magnesio». Después de dos meses, escribió estas textuales palabras: «Hace un mes que tomo magne*sio y me he librado de un achaque que hacía 35 años lo llevaba conmigo».
    B. Hace algún tiempo se presentó un individuo diciendo que, poco antes, apenas podía valerse por el reúma; incluso le habían de vestir. A los pocos días de tomar magnesio, le desapareció el mal y «ahora —dijo— me siento como un atleta», y comenzó a gesticular como tal. Todavía dijo más: «Mi madre —añadió— que ya pasa de los 80 años, desde que toma magnesio se encuentra como una joven».
    C. Un lector que toma magnesio y que está en*tusiasmado con él por los buenos efectos que le ha producido, fue a visitar a un amigo suyo que sabía estaba enfermo. Se lo encontró en cama aquejado de fuertes dolores, pues padecía de la próstata y le habían de operar. Le recomendó tomara magnesio, como efectivamente lo hizo. A los pocos días, se lo encontró en la calle, tranquilo, sin haber sido opera*do y como si nada hubiese tenido.

    B) ¿EN LOS CASOS REFERIDOS NO SE TRATA*RA DE SUGESTIÓN?

    Antes de contestar directamente a esta pregunta, hay que saber qué es sugestión, lo cual vamos a ha*cer aduciendo dos casos: uno provocado por el pro*fesor Slosson y el otro referido por el psicólogo Gillet.
    Primer caso: Un día el profesor Slosson llega a clase con un frasco de un líquido transparente. Sus alumnos, al entrar, concentran sus miradas intrigan*tes en el frasco. El profesor, a su vez, fija sus ojos centelleantes en los discípulos y les dirige unas bre*ves palabras de aclaración para justificar su modo de proceder. Se trata de un experimento sumamen*te delicado para el que reclama la cooperación de los jóvenes del aula.
    El doctor Slosson infunde a sus alumnos el con*vencimiento de que jamás han percibido un olor tan fuerte como el del líquido que conserva en el frasco; con todo, les advierte que, durante la expe*riencia que piensa realizar, no se sentirán excesiva*mente molestados por el olor del líquido. Les ruega encarecidamente que, una Vez haya destapado el fras*co, le vayan indicando cuándo empiezan a percibir la acción odorífica del líquido, para que él pueda precisar la velocidad de propagación de las partícu*las existentes.
    El profesor quita cuidadosamente el tapón del pequeño frasco, echa unas gotas del líquido sobre un pedazo de algodón y se retira convenientemente para no dejarse inficionar tan de cerca por el influjo del líquido. ¿Qué sucede?
    A los quince minutos, los alumnos de la prime*ra hilera de los bancos levantan la mano: han nota*do ya el escozor del líquido. Unos intervalos más, los de la segunda serie dan también señales de haber respirado el aire contaminado por las partículas del líquido. Apenas ha transcurrido un minuto, las tres cuartas partes de la clase se sienten impresionados por el olor, hasta el punto de que muchos preten*den abandonar el aula.
    La voz del profesor resuena de nuevo, entremez*clada con una sonrisa. «No han de temer los jóve*nes universitarios: el líquido del frasco que ha pro*ducido efectos tan alarmantes, no es sino agua pura, de clara transparencia, cuyas moléculas gozan ínte*gramente de las propiedades esenciales del agua.»
    Los alumnos de aquella clase han sido víctimas, no de la peligrosa contaminación de un líquido mefí*tico, sino de un fenómeno psicológico, conocido vul*gar y científicamente con el nombre de sugestión. «Este hecho —anota José O. Martínez, S. L., al re*producirlo en su libro ¿Cómo curar la neurastenia?— que, tal como acaba de ser escrito, parece extraordinario e increíble, en sus caracteres generales es muy frecuente.»
    Este primer caso es un ejemplo palpable de heterosugestión, es decir, de sugestión provocada por otro. El que a continuación ofrecemos, presentado por Gillet, es de autosugestión, de sugestión provo*cada por uno mismo.
    A un hotel de ínfima calidad llega un hombre de mediana edad. Las tinieblas densísimas de la noche se avecinan. El forastero, después de haber cenado se retira al aposento.
    A altas horas de la noche, el huésped se despier*ta por el acceso de tos. Es asmático y el ahogo le oprime. Anda a tientas por la habitación, hasta que al fin llega a los cristales. La asfixia aumenta. No puede hallar la falleba de la ventana. Impaciente, acosado por el dolor, destroza con sus puños los cris*tales. ¡Ah! ¡Qué diferencia! ¡Qué mejoría! —excla*ma—. Devora el aire puro de la noche... La tos va desapareciendo. El forastero se calma. Se acuesta de nuevo. Pasa lo restante de la noche con normalidad
    absoluta.
    Al día siguiente, al despertarse, advierte con ho*rror que ha aporreado el cristal del reloj de pared..., ¡cuyo aire apolillado había estado respirando la no*che anterior, y en el que había encontrado el reme*dio para el asma que le asfixiaba!
    «Ejemplo notable de autosugestión» —exclama José O. Martínez, S. I. al reproducirlo en el libro an*tes citado. —«Si bien es verdad —añade— que la sugestión es muy frecuente en todos los órdenes de la vida, hay que tener, con todo, presente la posi*ción de los que, imbuidos en ideas psicológicas nada científicas y a las veces supersticiosas, ensanchan desmesuradamente el campo de este hecho y atribu*yen a sugestión lo que, en realidad, no lo es. Ya que hablamos de sugestión y tenemos ante la vista ese número de falsos psicólogos... Se trata de los mila*gros de Lourdes.»
    Al llegar a sus oídos las relaciones de esas cura*ciones, los influidos de doctrinas perniciosas, sin de*tenerse a examinar, sólo tienen unas palabras. «¿Todo eso...? ¡Superchería...!, ¡no es sino suges*tión!» Lean los tales, lo que escribe el doctor Boine-rie acerca de este particular: «En Lourdes no hay sugestión, pues las curaciones que allí suceden no corresponden a ningún tipo de sugestión, pues las curaciones son súbitas, como las curaciones funcio*nales, pero estables como las curaciones orgánicas.»
    Y a todo esto se dirá: ¿qué es sugestión? Se han dado muchos definiciones de sugestión, las más de las veces incompletas o inexactas. Una de las que más satisface es sin duda la que propone el psicó*logo Fernando María Palmes, S. I., en un artículo aparecido en la revista madrileña «Razón y Fe»: «Sugestión —dice— es un proceso psíquico que se verifica con cierto grado de automatismo por parte de las actividades inferiores, es a saber: de la razón y del libre albedrío.»
    He aquí delineados, según esta definición, los dos elementos esenciales a toda sugestión. En primer lu*gar se requiere: a) un proceso psíquico inferior, que se reduce a un fenómeno más o menos complicado de asociación, por el cual un fenómeno suscita a otro, hasta llegar a un movimiento corporal interior o exterior, o a una tendencia, a un sentimiento, a un conocimiento o a cualquier otro fenómeno mental, sin exceptuar actividad mental alguna; y, además, b) un grado más o menos pronunciado en el psiquis-mo superior, respecto de dicho proceso. Ni el primer elemento separado del segundo, ni éste separado del primero son sugestión. Esta se halla constituida esencialmente del complejo o junta de los dos.
    A la vista de esta definición de sugestión y de los casos particulares antes referidos, vean nuestros lec*tores, si las curaciones anteriormente expuestas, ob*tenidas con el tratamiento de sales de magnesio, pue*den explicarse puramente pof sugestión.

    C) SE DESCARTA QUE EL MAGNESIO OBRE SOLO POR SUGESTIÓN

    Por si alguno de nuestros lectores no queda, con lo hasta aquí expuesto, enteramente convencido de que el magnesio obra física y químicamente en el organismo humano y no puramente por sugestión, le ofrecemos a continuación un caso notable, referi*do verbalmente por el mismo interesado.
    El aludido relator enfermó de tifus cuando te*nía unos 33 años de edad. Salió bien de la enferme*dad; pero el médico le advirtió que, después de al*gún tiempo, experimentaría a media tarde fuertes dolores intestinales debidos a fermentaciones pro*vocadas por algún alimento, que él entonces no po*dría prever cuál sería. Y así fue en efecto: Algún tiempo después, le vinieron dichos dolores. Acudió a otro médico, pues entonces residía en otra pobla*ción, y éste le dijo que debía averiguarse el alimen*to que se los ocasionaba; cosa no siempre fácil, aña*dió. Le preguntó si solía tomar leche, y, al respon*derle afirmativamente, le sugirió que pasase tres días sin tomar otro alimento más que leche. Como no se le reprodujeron los dolores, la conclusión fue que el responsable del mal no era la leche. Entonces el mé*dico le dijo que añadiese pan a la leche, y al primer día de hacer esto, le repitieron los dolores. El mé*dico ya no dudó de que el causante del mal era el pan y, en consecuencia, que debía abstenerse de tomarlo.
    Con esta abstención fueron pasando los meses y aun los años, sin que nuestro informante fuera mo*lestado de los dolores; con la particularidad de que podía comer macarrones, fideos y sémola, sin que le sobrevinieran los dolores intestinales, a pesar de es*tar hechos de harina dichos alimentos: es que esta harina no ha sufrido fermentación previamente como la del pan.
    Después de transcurrido mucho tiempo, un buen día le repiten los dolores, no obstante estar persua*dido de que no había comido pan. Acudió de nuevo al médico. Éste le sugirió le fuese nombrando los manjares que había comido y, al saber que uno de ellos eran albóndigas, exclamó el médico: «No diga más; es que una buena parte de albóndigas están he*chas de pan.»
    Años más tarde, un cocinero, que sabía que nues*tro individuo no podía comer pan, quiso probar si esto era pura aprensión, dándole a comer pan sin que el interesado se diese cuenta. A este fin calentó en el horno miga de pan sin que llegara a tomar el color tostado, y la trituró de manera que pareciese sémola. Naturalmente, el individuo en cuestión, ig*norante de la treta, comió de aquella sémola como lo venía haciendo con la sémola legítima, y esta vez le volvieron los dolores. El cocinero, pues, pudo con*vencerse de que los malos efectos del pan eran real*mente debidos al pan y no fruto de la imaginación.
    En tiempo rojo y durante los primeros años de la postguerra, nuestro comunicante podía comer pan sin dolor alguno: es que aquel pan negruzco todo lo era menos pan legítimo. Volvió el tiempo del pan blanco y ya no podía comer de él. En 1954, al ente*rarse de las maravillas que obraba el magnesio, co*menzó a tomar cada día alguna de sus sales, y desde entonces puede comer todo el pan que quiera y sin que se le reproduzca la pasada dolencia, después de más de 40 años que debía abstenerse de él: ahora tiene ya 77 años.
    Que el magnesio tiene virtud intrínseca para actuar favorablemente en el organismo humano y que no obra por pura sugestión, se deduce también por los testimonios médicos de gran competencia que lo aseguran y por los muchos casos que se refieren en el segundo capítulo de este libro, como también cien*tíficamente estudiando las propiedades inherentes a este elemento introducido en el organismo bajo la forma de alguna de sus sales, es decir, no bajo la forma metálica, sino iónica.
    Y todavía queda descartado cualquier resquicio de sugestión sabiendo que las sales de magnesio no sólo previenen y curan muchas enfermedades en los animales como largamente se explica en el capítulo 3.° de este libro, sino también en los vegetales, en los que por testimonio de agricultores han obrado ver*daderas maravillas. ¿Va a hacer sugestión en los ani*males que ingieren sin saberlo, o en las plantas que carecen de todo conocimiento?

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